Una reflexión de un arquitecto que lleva quince años viviendo y trabajando en Viena.
El pasado 20 de octubre asistí, invitado por el Colegio Oficial de Arquitectos, a una jornada sobre la crisis de vivienda en Canarias, celebrada en el Club Oliver de Santa Cruz de Tenerife.
Soy arquitecto especializado en sostenibilidad y llevo unos quince años viviendo y trabajando en Viena, donde he participado en proyectos de vivienda social y diseñado edificios para cooperativas residenciales (Genossenschaften). Además, vivo en una de estas viviendas y pago un alquiler muy inferior al que tendría que afrontar por una vivienda comparable en Canarias.
Pero hay algo que me parece especialmente importante explicar: vivir en una vivienda social o cooperativa en Viena no significa ser pobre. En mi propio edificio conviven médicos, profesores universitarios, arquitectos y personas con menos recursos económicos. No se trata de separar a la población según sus ingresos, sino de facilitar que personas de diferentes circunstancias compartan un mismo entorno residencial, evitando la segregación y la formación de guetos.
Este es uno de los aspectos más importantes del modelo vienés y también una de las diferencias de mentalidad respecto a Canarias. Aquí, la expresión «vivienda social» todavía se asocia con demasiada frecuencia a la pobreza, la marginalidad o incluso a prejuicios sobre quienes viven en ella. Esa percepción puede convertir una herramienta de integración en algo que genera rechazo. En Viena, en cambio, acceder a una vivienda asequible no supone necesariamente un estigma: forma parte de otra manera de entender la vivienda como una necesidad básica y no únicamente como una mercancía.
Alrededor del 60 % de la población vienesa vive en viviendas municipales o de alquiler subvencionado, incluidas las promovidas por cooperativas y entidades sin ánimo de lucro. Este modelo es fruto de más de un siglo de políticas públicas y una visión de ciudad que combina vivienda asequible, calidad arquitectónica e integración social. Desde la llamada Viena Roja de los años veinte, la ciudad ha desarrollado una experiencia que merece ser estudiada. También destaca su apuesta por la densificación urbana: aprovechar mejor los espacios y las infraestructuras existentes en lugar de extenderse continuamente sobre nuevos terrenos. En unas islas como Canarias, esta forma de planificar merece especial atención.
Por eso me sorprendió que, en una jornada dedicada a buscar soluciones a la crisis de vivienda, apenas se prestara atención al modelo vienés.
La jornada contó con intervenciones de representantes de FEPECO, Cajasiete, la directora del instituto canario de la vivienda, los colegios profesionales de arquitectura y arquitectura técnica y ACEGI, con Elena Vela Sánchez, secretaria general de CEOE Tenerife, como moderadora.
Había representantes empresariales, financieros e institucionales de bastante peso, en un entorno exclusivo, con asistentes elegantemente vestidos, aperitivos servidos por camareros y una atmósfera que contrastaba con la realidad de tantas personas que no pueden permitirse una vivienda. No cuestiono que estos sectores deban participar en el debate; me pregunto si estamos escuchando suficientes perspectivas diferentes para encontrar soluciones reales.
Entre las propuestas destacaba la necesidad de liberar más suelo. Pero ¿más suelo para quién? Mientras se debate la falta de vivienda, en el sur de Tenerife y en zonas como Guía de Isora se plantean nuevos proyectos turísticos y residenciales, como Maguenes Resort, Costa San Juan o Cueva del Polvo, sin que parezca darse la misma prioridad a la reserva de suelo para construir viviendas asequibles destinadas a la población residente.
Este crecimiento turístico, unido a la especulación inmobiliaria y a la creciente presión sobre nuestro territorio, está contribuyendo al encarecimiento de la vivienda y dificultando el acceso a un hogar para quienes viven y trabajan en las islas. A esto se suma el consumo de agua, energía y suelo de hoteles, villas de lujo y campos de golf, así como la presión sobre las carreteras y las redes de abastecimiento y saneamiento. En un territorio limitado, no basta con preguntarnos cuánto podemos construir, sino qué necesitamos construir, para quién y con qué consecuencias.
Este modelo tiene también un coste social y ambiental. En muchos pueblos y barrios costeros, el encarecimiento de la vivienda y la expansión de los alojamientos turísticos están desplazando progresivamente a la población local. Cuando un lugar deja de ser asequible para quienes lo habitan y lo mantienen vivo, no solo pierde vecinos: pierde también su identidad y parte de su alma. Y si deterioramos los paisajes, las playas y el entorno natural que hacen de Canarias un lugar único, ponemos en riesgo tanto nuestro patrimonio como parte de la propia economía turística.
Durante la jornada eché en falta, además, un verdadero espacio de diálogo que permitiera formular preguntas y contrastar las propuestas con otras perspectivas. La vivienda no es solo una cuestión de metros cuadrados y rentabilidad, sino de convivencia y calidad de vida. Podemos construir edificios excelentes, pero si quienes viven y trabajan en Canarias no pueden permitirse habitarlos, ¿a quién estamos dando respuesta?
Viena demuestra que la vivienda asequible requiere políticas sostenidas, inversión pública y voluntad de situar las necesidades de la población en el centro. En Canarias seguimos hablando de liberar suelo, agilizar licencias y construir más, pero necesitamos ampliar el debate y cuestionar también el modelo de desarrollo que estamos impulsando.
¿Cómo garantizamos que la población residente pueda vivir dignamente en las islas sin sacrificar su futuro social, cultural y ambiental?





