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Editoriales Opinión

Editorial | Cuando las invisibles salvaron el mundo

Hoy es 1 de mayo, Día Internacional de los Trabajadores, y no puede ser un día más atípico para reivindicar los derechos de la clase trabajadora. Al confinamiento que impide lógicamente las manifestaciones por la efeméride, se unen los temores de muchos trabajadores y trabajadoras a perder su puesto de trabajo y, lo que es peor, a no encontrar otro.

La «nueva normalidad» de la que habla el Gobierno de España en un horizonte, si todo va bien, de dos meses parece ocultarnos que no todo va a ser tan normal. Hasta que no se encuentre el remedio antiviral nada va a ser normal. El mundo del trabajo se ha sacudido y ahora muchas empresas comienzan a plantearse la necesidad de tener grandes oficinas, con horarios fijos y trabajadores aglomerados. Tal como denuncian los principales sindicatos, el teletrabajo se ha convertido en una ganga para las empresas que pueden permitírselo. Los horarios «flexibles» se han convertido para muchos en jornadas que no acaban nunca, que no ayudan a desconectar y que además no favorecen la conciliación familiar. Tampoco se han puesto los medios necesarios en algunos casos para fichar y regular las horas de trabajo realizadas. Otros trabajadores han tenido que tirar de sus propios recursos (conexión a internet, portátil o tablet, etc.) para poder trabajar desde sus hogares.

Pero esta crisis también ha revelado que las invisibles sostienen el mundo. Las cajeras de los supermercados; las trabajadoras de la limpieza; las celadoras; las cuidadoras de personas mayores, tanto en residencias como en asistencia domiciliaria… Igual que ocurre con otros sectores estratégicos, el trabajo de los cuidados sostiene nuestro mundo a pesar de estar atravesado también por la brecha de género que parte como un rayo a nuestra sociedad. Porque estos trabajos feminizados reportan sueldos bajos, condiciones precarias y una falta de aprecio social. Todas ellas, las anteriormente «invisibles», han estado en la primera línea de batalla de esta crisis, de esta guerra contra el virus y eso ha servido para que muchos empecemos a valorar su trabajo, que sin duda hace que el mundo siga girando. Seguramente el menor de sus problemas sea el «teletrabajo».

No podemos olvidarnos de otras profesiones ocupadas mayoritariamente por mujeres y que han sido esenciales en esta crisis, como las enfermeras o las trabajadoras sociales. Unas luchando por la vida biológica de las víctimas hasta el último momento, otras luchando, también hasta la extenuación, porque esa vida tenga dignidad humana y esté lo más alejada posible de la pobreza y la exclusión social.

Otras mujeres no son trabajadoras porque lo ponga un contrato sino porque cargan como nadie con el trabajo de sus hogares. Sin reconocimiento, sin cotizar, sin cobrar. Las que cuidan a una persona que no puede valerse por sí misma, las que se encargan del trabajo doméstico, muchas veces de manera desigual e injusta. Para ellas el confinamiento solo ha agravado una realidad difícil, oculta y muchas veces silenciada.

Sentimos que este primero de mayo debe ser de esas trabajadoras que hacen todo lo posible para que el mundo siga girando. Las que cuando cayó sobre todos la plaga llamada COVID-19, se arremangaron y se pusieron manos a la obra, en primera línea; con miedo, porque las personas valientes tienen miedo; pero con la seguridad de quien hace lo que debe.

Mujeres gomeras empaquetando tomates
Fuente: Archivo Insular de La Gomera

En La Gomera sabemos que tienen nombre y apellidos, que son nuestra vecina, nuestra hermana, nuestra amiga, nuestra madre… Si miramos atrás, podemos ver cómo el trabajo silenciado, que no silencioso, de las trabajadoras ha construido la isla que conocemos hoy. Durante décadas de esfuerzo, sacrificio y penuria nuestras madres y abuelas consiguieron sacar adelante esta isla, la mayoría de las veces sin el reconocimiento suficiente. El desarrollo agrícola de La Gomera no se podría explicar sin las trabajadoras que recogían tomates, los cargaban sobre sus cabezas y los empaquetaban. Tampoco la industria conservera, que en nuestra isla llegó a tener tres fábricas, se explicaría sin su trabajo. Ni la alfarería, que convirtió a El Cercado en un lugar de referencia de ese arte.

Las trabajadoras que salvaron entonces aquel «mundo» de posguerra del hambre y la miseria son las mismas que lo han vuelto a hacer ahora. Las invisibles que salvaron el mundo, las invencibles de la clase trabajadora.

Desde Junonia Digital les damos humildemente las gracias.

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