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Opinión Tribuna Libre

Pan y «perras» «pal» cine

Manuel Fernando Martín Torres

Hace treinta años, yo trabajaba como agente de desarrollo local para el Cabildo Insular de La Gomera, por mor de un convenio con el Instituto Canario de Formación y Empleo. María del Carmen Olmos había formulado un magnífico proyecto de Escuela Taller para toda la isla, que había resultado aprobado, y que permitiría la formación, durante un año, a ochenta alumnos de toda la isla, en cinco especialidades formativas diferentes.

Llegó el momento de la selección de personal docente y administrativo  a contratar  para ese proyecto,  y la misma se llevó a cabo en las dependencias de la Delegación de Gobierno en La Villa, donde la agencia de desarrollo local tenía su sede. A esa convocatoria, como candidato a dar formación en artesanía, acudió D. Isidro Ortiz (al que espero no le moleste ser mencionado en este artículo, y al cual nunca he podido retirarle el “Don”). Yo lo conocía vagamente, de verlo por Vallehermoso-casco, donde acudía con su taxi a llevar y traer pasajeros de Chipude y El Cercado, los cuales venían a hacer gestiones en el ayuntamiento, en el consultorio de salud o en “La Caja”.

Mientras esperaba para ser entrevistado, y pensando que él podría estar inquieto y nervioso, me le acerqué, con el ánimo de darle hacerle el tiempo de espera más llevadero y tranquilizarlo. Le saludé, me presenté, y aunque no me conocía, terminó por identificarme al nombrarle a mis padres.

Le empecé diciendo que la entrevista no era nada del otro mundo, que las preguntas que le iban a hacer eran sencillas y prácticas. No he olvidado, ni creo que olvide en lo que me queda de vida, su respuesta: “…bueno, yo no sé qué me van a preguntar, pero yo sí sé lo que les voy a responder, y precisamente de lo que yo voy a hablar creo saber yo más que ellos”.

En su frase sincera y certera, lanzaba -o yo al menos así lo he venido a interpretar- varios mensajes:

El primero era un mensaje de seguridad, la entrevista de selección no la afrontaba desde la duda o el nerviosismo, sino desde la convicción de que iba a manejarla con solvencia.

El segundo mensaje era de prudencia; no pretendía hablar mucho, y en todo caso, hablaría de aquello que por su experiencia y conocimientos dominara con completa holgura.

El tercer mensaje que yo he deducido de su respuesta denota inteligencia; él estaba seguro de que sus entrevistadores no estaban a su altura en cuanto a conocimientos que tuvieran que ver con la forma de elaborar unas chácaras o un tambor. Era inteligente, tanto en cuanto era capaz de desentrañar las claves de la situación a la que se enfrentaba, empezando por el perfil de los entrevistadores, y por su puesta en situación para superarla.

La cuarta enseñanza, por encuadrarla de algún modo, la asemejaría con algunas de las derivas del positivismo filosófico. De forma quizá muy particular entiendo que D. Isidro Ortiz estaba convencido de que armado de un conocimiento empírico e intelectual muy fuerte, fruto de muchos años en la brega, la situación que se le planteaba era superable. Creía en el poder de éxito y de cambio que tienen aquellos cuya trayectoria es real y sólida.

D. Isidro Ortiz trabajó, naturalmente, durante un año en la Escuela Taller del Norte de La Gomera y la importancia de su quehacer y de su figura no precisa de presentación. Mencionar únicamente que en 2009 fue designado, por el Gobierno de Canarias, Premio Canarias de Cultura Popular por su defensa continuada de los valores etnográficos de nuestra isla.

Volviendo a los cuatro valores que he extraído de su frase de antaño (seguridad, prudencia, inteligencia y positivismo), creo que son cualidades que vendrían de maravilla al conjunto de la sociedad para superar el momento que estamos pasando, y sobre todo, para afrontar el tránsito por los años venideros. Me permito añadir un quinto valor que es el esfuerzo, algo de lo que el nombrado era también catedrático.

Repito que esos son valores seguros e imprescindibles para afrontar retos peliagudos. Pero tampoco pierdo de vista que vivimos en una situación preñada de oportunidades de cambio, o debería serlo. Y por ello es una encrucijada donde los más jóvenes, con otros horizontes, o incluso, otros pensamientos devenidos de otra forma de analizar las cosas, deberían tener algo que decir y que hacer.

La crisis nos debería enfrentar, si no a un nuevo orden, sí a una nueva lógica de las cosas, y se debe comenzar a entender esto desde ya, desde ahora mismo.

Cabe entender que, ante retos antes no conocidos, acudir a nuevas fórmulas para solucionarlos no tiene nada de malo. Precisamos de la fuerte confianza que los más jóvenes y disruptivos portan en sí mismos, en su fortaleza y su convicción para alcanzar el éxito.

Reactivar recursos infrautilizados como la agricultura, el comercio de proximidad, la artesanía, la ganadería o la pesca no va reñido con una apuesta sostenida apuesta por el turismo, nuestra principal fuente de riqueza. Pero a todo ello habríamos de sumar actividades que nos sitúa en otra forma de entender nuestra relación con la vida y la naturaleza, minorizando la contaminación y procurándonos fuentes energéticas alternativas.

Nuevas formas de gobernanza son necesarias, en donde haya más contacto entre sectores y estamentos y más pensar en común, donde preferiblemente la clave sea integrar antes que aislar.

 La palabreja “glocal” se utiliza en el ámbito del desarrollo local para referirse a un paradigma que hace buena la máxima de “pensar globalmente y actuar localmente”. Su adopción viene dada porque diez años de globalización no han dado de sí todo lo que prometía. Lo “glocal” viene a asumir que cada territorio, con espíritu de comunidad, debe volcar su inteligencia y capacidad en buscar soluciones a sus derivas que le sean propias, y que las mismas no enfrenten el devenir global de la sociedad, la economía o el comercio.

Parecería que hablo de desafiar las reglas. No es así, si bien no conozco en la historia ningún logro digno de mención que nos haya ayudado a progresar sin encarar cierto enfrentamiento y divergencias.

No me lo recuerden, pido mucho, y en algún caso deseos contradictorios. Ya sé que no se puede mamar y soplar al mismo tiempo, sencillamente no es posible. También el título del artículo es una llamada de reproche a lo inabordable que resulta querer tenerlo todo.

Sin embargo, sí que se puede aspirar a pedir pan y comer, que es lo primero; y luego pensar que sin gastártelo todo, algo más tarde podrás aspirar a ir al cine. No podemos dejar de marcarnos nuevos retos, nuevas ilusiones, debemos soñar con tener la oportunidad de ir al cine de vez en cuando.

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